viernes, 19 de mayo de 2017

Slowdive en Niceto: Música para viajar en el tiempo y el espacio




El escenario de Niceto Club, iluminado tenuemente en tonos magenta, y el instrumental ‘Deep Blue Day’ de Brian Eno invitaron de primer momento a sumergirse en las profundidades oceánicas. Bajo esa atmósfera fría, y con un cuarto disco homónimo recién salido tras más de dos décadas inactivos, es como la banda inglesa Slowdive debutó en Argentina.

Al igual que varios grupos que fueron de culto en su momento y que hoy, reunidos, saborean otra popularidad, el show local de los shoegazers era esperado por oídos experimentados y nuevos. Aunque tardó su buen tiempo en llegar (dado que lo más cercano fue una presentación solista y folk de Neil Halstead en Boris allá por el 2013), vino acompañado de nuevas canciones que se complementan con el pasado pero le aportan cierta cuota de novedad. La prueba se oyó con la apertura ‘Slomo’, con una introducción extendida donde las voces de Neil y Rachel Goswell se van cortejando mientras a su alrededor se construye una base que pone los cimientos de su arquitectura sónica. Unos cuantos acoples y reverberaciones más arriba, la banda desempolvó de su primer EP (1990) los temas ‘Slowdive’ y ‘Avalyn’, un soundscape eterno donde la calma se pone en jaque atravesada por guitarras rabiosas e infernales. ‘Catch The Breeze’ también formó parte de ese bloque noise llevando el ruido a un extremo para luego pasar la página con el respiro ambiental y ensoñador ‘Crazy For You’, sostenido por un arpegio de aires gravitatorios.

En sus tres discos de estudio, Slowdive siempre desarrolló climas, jugando con los silencios y el minimalismo (Pygmalion) o con una profusión de efectos (Souvlaki) a partir de delay, chorus, flanger, multi layering de guitarras procesadas y voces angelicales como denominador común. Lo que siempre primó en la búsqueda fueron los estados musicales abstractos por encima de cualquier estructura formal de canción, algo que en este nuevo trabajo cambió y se pudo apreciar cuando sonaron ‘Star Roving’, ‘No Longer Making Time’ y ‘Sugar For The Pill’, temas más up-tempo donde lo melódico acentuó su madurez evolutiva.

El momento más cósmico de la noche llegó con ‘Souvlaki Space Station’, un viaje sideral que aumenta su fuerza  alcanzando un clímax por el choque de instrumentos, que impactan en los oídos como si se tratara de una colisión planetaria.

Alison’ y ‘When The Sun Hits’ aparecen como anthems noventosos y despiertan toda una paleta de sentimientos tan melancólicos como nostálgicos. Casualmente,en esos temas se ven intentos tímidos de pogo entre el público que llaman la atención de Goswell, quien asegura que es la primera vez en la historia que se arma moshpit en sus recitales y que ella solía hacerlo años atrás, cuando asistía a conciertos junto al bajista Nick Chaplin.

El cierre perfecto llega de la mano de ‘Golden Hair’, un tema de Syd Barrett que recita los versos de James Joyce con particular misticismo al que Slowdive convierte en vivo en una obra maestra de post-rock. La voz celestial y etérea de Rachel eleva a otra frecuencia y abre un portal imaginario que culmina en un big bang musical, con una bola de distorsión amplificada que desborda la capacidad auditiva y pega de lleno en lo sensorial (sí, desbarrancando a Swans del ranking).

El encuentro llega a su fin y no tardan en venir los bises. Pero antes el clima se corta en seco cuando uno de los stage managers acerca una torta y suena el feliz cumpleaños para celebrar el natalicio de Rachel. Ya para ese entonces, ‘She Calls’ y ’40 Days’ terminan resultando yapas de una noche completa que, más que un show convencional de rock, ofreció una experiencia movilizante.

Txt: María Gudón




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viernes, 3 de marzo de 2017

T2 Trainspotting: rescate emotivo de un pasado que devora al presente


Mark Renton corre en la cinta transportadora a la par de los demás joggers en el gimnasio, en buena forma y con ropa deportiva. Aquel junkie de mediados de los 90 ahora no transpira por la abstinencia narcótica sino por seguir en carrera en la vorágine yuppie que lo llevó a desengancharse del tren. Pasaron 21 años pero los grados de separación entre quien era y es mantienen cierto espesor. Ejercitando cuerpo y mente vienen los recuerdos y también los golpes, y, correr continúa siendo su forma de escapar (ya sea en la clásica escena que sonríe como lunático luego de chocar con un auto tras robar para comprar droga, inyectándose un chutazo evasivo de heroína o traicionando a sus amigos para irse con el dinero a iniciar una nueva vida en Amsterdam). 
Renton regresa desde Holanda a Edimburgo y, desde el momento en que pone un pie en la ciudad, se desenrolla un trip nostálgico, con sus gloriosos recuerdos pero también con las peores miserias que brotan de ellos. Las viejas postales que en 1996 eran símbolo de la cool britannia y moldeaban la cultura pop demarcando un estilo de vida, género musical o imagen estética hoy siguen enchinchadas en la pared empezando a cubrirse de polvo. Su revisionismo no deja de ser un lindo ejercicio emotivo pero los tiempos son otros y nuevos signos fueron atravesando la sociedad: el espectáculo exhibicionista de las redes sociales, el consumismo para aplacar temporariamente la depresión, la explotación encubierta y avalada por el capitalismo, la visión panóptica que generan los reality shows y la globalización en la era líquida de instantaneidad y conexión, por nombrar algunos. Ahí es cuando se cae en la cuenta que dos décadas no son nada y lo son todo. Y, en estos años, ese mismo sabor dejaron las historias del squad de escoceses formado por el torpe pero adorable Spud (Ewen Bremmer), el codicioso Sick Boy (Johnny Lee Miller) o el irascible Begbie (Robert Carlyle). Desde una mirada profundamente desoladora, cada uno arrastra ecos fantasmales que siguen resonando a distancia. Sus historias los fijaron en una realidad tan o más triste que en la precuela: Spud no logra superar su adicción, Simon sigue involucrado en negocios turbios usando cartas de chantaje y extorsión y Begbie escapa de la prisión con la misma sed de venganza con la que entró a la celda. El protagonista Renton (Ewan McGregor) parece ser el más ileso por las marcas del tiempo pero, aun así, su estabilidad tiembla al viento como un papel. Todas las historias dejaron heridas abiertas que nunca terminaron de cicatrizar de las que todavía supura ira, competencia y rencor a partir de una oportunidad y una traición que quebró los lazos amistosos. Entonces ahí es cuando entra en juego el cuestionamiento del irónico lema ‘Choose Life’. ¿Hasta qué punto los personajes eligieron voluntariamente el rumbo que darle a sus vidas y hasta qué punto fueron presos de sus malas acciones / decisiones o las de otros? ¿Hasta qué punto uno elige o puede no elegir?
El espectador recorre con ojos de turista el relato de una brecha generacional. Y, aunque emocionalmente haya cierta identificación o compasión con los personajes por las arenas movedizas en las que parecieron estancarse sus vidas, el film no muestra piedad ni debilidad por las consecuencias de ninguno. Cada cual encontró razones para justificar su forma de obrar desde su lugar y es en el contraste de historias donde todavía  se siente que el hilo de tensión no se terminó de cortar

Lo que en algún momento pareció divertido hoy desde un envase corporal más curtido no lo es tanto y las escenas icónicas de la pandilla de outsiders que fueron trademark de lo cool, bajo los pies de las cuatro décadas pueden leerse como algo penoso. Ni las borracheras, ni ir a bailar a la misma discoteca viejos clásicos, ni volver a compartir una dosis entre amigos o rodearse de sangre joven tiene punto de comparación con un recuerdo cristalizado en la memoria e impermeabilizado contra el envejecimiento. Ninguno de esos intentos revitalizará lo vivido originalmente. Y eso Danny Boyle lo tiene más que claro en este segundo film, que se encarga de alimentar el mito antecesor a partir de flashbacks, basado parcialmente en la novela ‘Porno’ del escritor Irvine Welsh. Por eso, nos sentimos extraños e invasores como el Renton adulto que entra en la ex habitación de la casa de sus padres. Las cuatro paredes empapeladas que contuvieron recaídas, rehabilitaciones, sexo y alucinaciones hoy se ven y quedan chicas al lado de la dimensión que esos recuerdos ocupan en el imaginario.
 T2 Trainspotting expresa eso en una escena clave que se convertirá en clásica del cine: cuando al comienzo Mark apoya la púa sobre el explosivo tema ‘Lust For Life’ de Iggy Pop en su tocadiscos, inmediatamente saca el vinilo porque no tolera escucharlo. Esa música representa el vívido soundtrack de sus mejores y peores días. Es aquel amigo que te puede hundir hacia el abismo o sacar a flote a la superficie justo a tiempo. El rechazo, agrado o gusto amargo que puede evocar genera un reencuentro con el propio pasado, algo de lo que no se puede escapar jamás.  Aunque La Iguana este presente de forma remixada y nueva, detrás de la fachada sigue sonando como el mismo viejo y querido James Osterberg de Detroit. Las historias de estos cuatro antihéroes también, ya que encuentran en esta segunda entrega nuevas formas de ser presentadas desde una piel vieja.
Txt: María Gudón













martes, 15 de noviembre de 2016

Travis en el Gran Rex: grandes melodías que trascienden cualquier moda



La salida del octavo disco de Travis,  Everything at once, al igual que el anuncio de su tercera visita a Buenos Aires, fue con mucha discreción. Posiblemente el álbum no figure en los principales anuarios de revistas a fin de 2016 ni sus cortes hayan tenido demasiada rotación radial, al menos no como en su época de oro. Si se toma a eso y las tendenciales musicales  actuales como parámetros de éxito, entonces la banda escocesa  puede izar la white flag dando la batalla por perdida. Pero la realidad es que a miles de kilómetros del otro lado del Reino Unido se ganaron otra cosa valiosa: un Teatro Gran Rex lo suficientemente colmado que los espera buscando otros recursos: las canciones como vehículo de conmoción.

La banda sabe lo que el público desea escuchar e irrumpe en medio de un decorado de edificios de colores (que ilustran la portada de su último trabajo) abriendo el show con ‘Sing’, el himno country-pop con banjo que los catapultó hacia la fama  a comienzos de los 2000, cuando el Brit Pop parecía dejar una escena huérfana con ellos, Coldplay y Keane como únicos herederos de la corona. Acto seguido suena ‘Selfish Jean’ con arpegios pop y base á la Motown y ‘Writing To Reach You’, el tema más próximo a ‘Wonderwall’ que una banda de estirpe británica podría haber compuesto post-Oasis.

El repertorio circula entre siete discos de estudio pero se centra con fuerza en el material de los primeros y aclamados The Invisible Band y The Man Who, del cual repasan la balada ‘As You Are’ y ‘Driftwood’, que dan cuenta del porque fueron rotulados tantas veces bajo el género azucarado twee pop.

Francis Healy se siente como en casa y, dado que a diferencia de los festivales anteriores esta vez Travis capitaneó su propio show en la intimidad de un teatro, el contexto  facilita otro acercamiento con el público y las ganas de explayarse del líder.

Hace 26 años que somos amigos y nos llegó el éxito de forma accidental. Nunca compusimos una canción para pegarla en la radio o vender discos, las hacemos dedicadas a alguien que queremos,  una pareja o un amigo. Cuando vamos a las radios no nos entienden. Nunca vamos a hacer cosas comerciales para vender por demás, hacemos lo que realmente sentimos’  explica el cantante, dejando en claro que sus talentos quedan a merced de las exigencias que demanden las canciones. Ante los fuertes aplausos continúa demostrando su familiaridad y lazos con el país: ‘En Glasgow, Escocia, de donde somos, la gente se parece bastante a la de acá: son pasionales y con los pies sobre la tierra.  Esas cosas nos hacen sentir como en casa’ menciona, ganando la confianza de la gente e invitando a que sienta parte del grupo.

Healy anuncia el tema ‘Animals’ (del último disco) como una de las composiciones favoritas del bajista Dougie Payne,  de quien más adelante también sonará ‘Moving’, y luego dedica ‘Re-Offender’ a su madre, contando un episodio  de violencia familiar como pie introductorio para explicar que el tema trata sobre salir adelante en una relación conflictiva.
Suena ‘Side’ y pegado a eso el cantante se baja del escenario para repartir una infinidad de besos, abrazos y selfies entre la gente y cantar parado desde las butacas (!)  ‘Where You Stand.

Healy vuelve a hacer un parate para mencionar que ‘Paralysed’ (otro de los pocos temas del último disco que sonaron en vivo) habla de la adicción tecnológica y lo anestesiada que esta la sociedad mirando todo a través de la pantalla y luego da lugar a la hermosa  balada sensible ‘Closer’, salida del gran disco olvidado The Boy With No Name.

Lo atractivo de Travis es que la entrega escénica viene desde un lugar sincero donde no existe la pose: son un grupo de amigos a los que se los ve cómodos haciendo lo que más les gusta de forma espontánea y manteniendo un bajo perfil  que no opaque su trabajo melódico, por eso es difícil que no despierten simpatía.  Los años les pasaron factura física, especialmente al cantante,  una especie de Thom Yorke listo para ser audicionado en el casting del Náufrago. Pero a su música y actitud aún no les llegó la mayoría de edad y ellos se divierten como chicos saltando por el escenario,  juntando espaldas con guiños cómplices mientras tocan, ejecutando solos tirados desde el piso, incentivando aplausos y participación del público y hasta moviéndose de forma payasesca (merecen un párrafo aparte Payne y el guitarrista Andy Dunlop).

Hay algo que se llama ‘química’ que aún no se perdió y el cantante  lo enfatiza contando que hace 20 años transcurrían los primeros ensayos  en un reconocido pub de Glasgow y que de esas juntas salió lo que se considera el mayor himno de la banda ‘All I Wanna Do Is Rock’, el momento más rockero del encuentro.

Para la despedida cierran con ‘Turn’. Los bises no tardarían en llegar y Francis reaparece solo para marcar uno de los puntos más altos de la noche: llevar ‘Flowers in The Window’ a su mínima expresión,tocándola a capella y sin microfonear, para lo que pide colaboración y silencio del otro lado. Si en la cancha se ven los pingos, ese momento determina  que Travis es una banda grandiosa de melodías  que no necesita más ornamentos de base que la canción despojada para lograr movilizar.

La última estocada, de nuevo  con la formación completa, viene dada por ‘3 Miles High’ (dedicada especialmente a su club de fans local), ‘Magnificent Time’  (un tema jueguetón con guiños a ‘Obladi oblada’ que, al igual que en el video, viene con instructivo coreográfico) y, predeciblemente, pero sin perder su efectividad emotiva, ‘Why Does It Always Rain On Me?’, el hit de todo antinhéroe al que no lo acompaña la suerte.

Quizás el momento de furor  en la trayectoria de los escoceses ya haya pasado hace lejos y hace tiempo y esos días no vuelvan más. Pero lo que se ve en la actualidad es una banda que envejeció dignamente creyendo en su propuesta: canciones simples compuestas magistralmente. Ese poder vence a cualquier moda y traspasa cualquier tiempo.


Txt: María Gudón
Ph: cortesía de Zattti para DF Entertaiment







viernes, 21 de octubre de 2016

Iggy Pop: poder de agite en crudo y sin fecha de consumación



Las últimas veces que Iggy Pop se presentó en suelo argentino  estuvieron separadas por diez años de diferencia: 1996 junto a The Ramones y Die Toten Hosen en River, 2006 junto a The Stooges en el Club Ciudad y este 2016 en Tecnópolis en el marco del Festival BUE, en el que (aunque fue vetado de los planes) se esperaba que viniera acompañado de la backing band con la que grabó su recomendado disco Post Pop Depression, una celebrada reinvención de su carrera luego de varios desaciertos para el que lo acompañaron Josh Homme , Dean Fertita (QOTSA, The Dead Weather) y el bestial baterista Matt Helders (Arctic Monkeys).

Los años no vienen solos y surge la pregunta obligada: ¿podrá bancársela sobre el escenario a sus 69 con un show a la altura y semejanza de la furia animal de las presentaciones anteriores?
Sin muchos rodeos, bordeando las 23:15 hs la Iguana sale a derribar prejuicios para avivar a un público que quiere arder  bajo la llama del rock & roll auténtico, lejos de las poses y tibieza.  El riff metálico de ‘I Wanna Be Your Dog’ despierta a que un mar de cuerpos transpirados se agite entre saltos y pogo  y, el muy descarado, a menos de dos minutos de show, se baja de escena para romper la barrera con el público entrando en contacto con los primeros fans detrás del vallado, esquivando al personal de seguridad  (que se ve obligado a trabajar más que de costumbre) y fotógrafos, a quienes les deja unas cuantas placas al alcance del disparador.

Pegado a eso y sin respiro, tira al hilo dos clásicos solistas de 1977 como escupitajos: ‘The Passenger’ y ‘Lust For Life’, el anthem heroinómano resurgido en los años 90 gracias al soundtrack del film de la cool britannia Trainspotting.  Después de ese enganche demoledor, si  arrancó así ¿qué queda para el resto del show? un repaso por paradas menos populares  que contentan a los más conocedores: ‘Five Foot One’ del disco New Values (1979) y ‘Skull Ring’, el hard rock con intro a lo ‘Peter Gunn’ incluido en un álbum homónimo de colaboraciones de 2003 que pasó sin pena ni gloria en términos comerciales.

Iggy pasea su andar cojo de un lado al otro del escenario lanzando piñas voladoras esquizoides al aire y repitiendo incasablemente la palabra ‘fucking’ cuando dialoga, con su pelo lacio y su cuerpo  combatido pero magro al descubierto.  Verlo en acción es un shot de vitalidad y energía para los sentidos. Lejos de estar solo, atrás lo secunda una banda que encuentra afinidad con el sonido potente y distorsionado que requieren sus temas garageros, con Kevin Armstrong cubriendo el fuzz de los irremplazables guitarristas Ron Asheton y James Williamson, Ben Ellis en la solidez del bajo, Seamus Beaghen enloqueciendo en los teclados y Matt Hector aporreando duro a los parches.

Así, bien al taco y a todo volumen, suenan desde una torre de amplificadores VOX  ‘Sixteen’ y ‘1969’ de los Stooges, la génesis proto-punk  de los rebeldes y apáticos en un año que no ofrecía  ‘nada para hacer’ a lo largo y ancho de USA frente a la escena hippie dominante.

En ‘Real Wild Child’, el héroe salvaje y valiente vuelve a bajar del stage para establecer nuevamente contacto con la gente, mientras canta el rock & roll de Johnny O’Keefe al que le puso estampa ochentosa en Blah Blah Blah.

Lo que viene a continuación se puede leer como un homenaje a Bowie y a las producciones discográficas que compartieron en la etapa de Berlín. ‘Some Weird Sin’ se apodera del espíritu outsider  - vicioso de Lust For Life para entrar luego en un terreno más industrial, mecánico y frío con tres temas destacados de The Idiot.  La voz de Pop descansa sobre un tono barítono y robótico para ‘Sister Midnight’ mientras que invita a enfilar como zombie hacia un cabaret nocturno lleno de tentaciones en  ‘Nightclubbing’, para la que Iggy queda al frente del escenario meneándose sobre una silla cual stripper.

La frutilla del postre para cerrar este bloque dark ambient llega con la pieza kraut  ‘Mass Production’, en la que los ruidos fabriles y grises de la capital automotriz de Detroit se funden en slow-motion con  su  voz crooner, logrando un crossover perfecto entre rock y electrónica que ha sido tan influenciable que hasta los mismos Soda Stereo se atrevieron a samplearlo para ‘Ameba’ de Dynamo.

Como  quien sabe que tiene la batalla ganada, Iggy se retira del tablado sudado y arrastrando a paso lento su cuerpo abatido rumbo a la salida, dejando un escenario caliente y un público que, pese a estar knock out, exige un último golpe final.

Tras la euforia de la gente, la banda vuelve a salir a escena con otra sorpresa inesperada del catálogo: ‘Repo Man’, una gema mid-80s que también incursionó en el mundo cinematográfico. Como si las muestras de afecto y participación no hayan sido suficientes, Iggy invita a que suba gente que lo acompañe para no sentirse solo arriba. Lo que empieza como un acto divertido entre pocos fans en cuero bailando a su alrededor se empieza a descontrolar y poner tenso cuando se desborda la cantidad de personas y el cariño se torna bruto. ‘Take it easy. Be cool. Don’t hurt me!’ grita James Newell Osterberg,  mientras la seguridad los invita con cierta violencia a retirarse.

Chau motherfuckers’, les grita Iggy, que aún conserva pólvora en reserva para ‘Gardenia’, el único repaso por su último álbum, y cinco clásicos explosivos de los Stooges promulgadores de caos y rebeldía  disparados al pie del cañón. ‘Search and Destroy’ y ‘No Fun’ vuelven a enfatizar la poca perspectiva y chatura en la que vivía inmersa la generación post-Guerra de Vietnam mientras que como alternativa el resto del setlist propone lo que tenían los jóvenes a mano para salir del paso: tomar ácido y experimentar una visión alterada del mundo (‘Down On The Street’), inyectar el cuerpo con música como droga (‘Loose’) o hacerle caso al instinto contracultural propio y vivir al borde de la cornisa con el éxtasis, la mugre y la furia del rock como religión (‘Raw Power’).

El broche definitivo viene unos cambios más abajo con ‘una que saben todos’,  el hit radial ‘Candy’ de Brick By Brick, que suena correcto pese a la ausencia femenina de Kate Pierson. Nuevamente la banda deja al maestro solo y, a modo de reverencia y para congelar la imagen, éste vuelve a saludar de cerca (por tercera vez!) al público y a dedicarle un ‘te amo a ti’.

La Iguana demuestra que tras las vestiduras de una piel añeja, sigue habitando la misma alma salvaje y de sangre joven que hace casi cinco décadas hizo vibrar al rock de las formas más impredecibles y espontáneas y que, aún hoy, conserva el poder de seguir haciéndolo.


Ph: Matías Casal (Cortesía Indie Hoy)

Txt: María Gudón






sábado, 27 de agosto de 2016

Radiohead: Pánico y locura en Madison Square Garden



El público llega sobre la hora y se va acomodando sistemáticamente mientras en el escenario del Madison Square Garden suenan los patterns secuenciales y automatistas de Dawn Of Midi, banda apertura de ambas fechas agotadas de Radiohead en el estadio de Nueva York,  donde tocaron por última vez hace cuatro años.

De golpe un apagón y todo se vuelve oscuro. La voz en off de Nina Simone extraída de un documental de Peter Rodis declara: ‘Voy a decir lo que es la libertad para mí: no tener miedo. Realmente, no temer’ y pegado a eso, la banda de Oxford abre el show con ‘Burn The Witch’ el complejo tema con el que sorprendieron este año anunciando su noveno disco.

El clima es un infierno viviente bañado en luces sangrientas  y  toda la orquestalidad de estudio se convierte en vivo en un exorcismo rockero furibundo. Cuando Thom Yorke canta en tono conspirativo sobre ‘abandonar todas las razones, evitar el contacto visual, no reaccionar y apuntar a los mensajeros’ porque hay un ‘leve ataque de pánico volando’ el mensaje se resignifica y adquiere otra perspectiva.  Algo está pasando en el aire: el cuadro proyecta  temor frente a las inminentes elecciones presidenciales norteamericanas, un capitalismo frenético y salvaje que arrasa con todo intento de subversión  y una seguidilla reciente de acontecimientos raciales, religiosos o sexistas que terminaron en tragedias (las víctimas de gatillo fácil Philando Castile y Arlton Sterling en manos de la policía, el tiroteo en Florida en una disco homosexual o los ataques terroristas de Niza, Bélgica y París,  por citar ejemplos). El público es consciente que esas palabras metafóricas  se traducen en lo cotidiano, por ello se suma en complicidad, cantando con conocimiento de causa.

Después del géiser, las  aguas se aquietan más con ‘Daydreaming’,  el segundo corte de A Moon Shaped Pool, aunque el pesimismo siga latente. Johnny Greenwood se pasa al piano acompañando a Yorke en su melancolía gris: ‘Los soñadores nunca aprenden detrás del punto sin retorno. Y es muy tarde, el daño ya está hecho’. Las preocupaciones del cantante, más allá de la ambigüedad o sonido que carguen, son las mismas que lo afectan hace 20 años.

Todos los días abrís el diario o tu teléfono y alguna locura está sucediendo. Necesitamos despertar’ advierte. ‘Planet Telex’ de The Bends sonará  más adelante y, aun así, las guitarras resonantes y alternativas no lograrán sacarle el sabor amargo de que ‘todas las cosas se quebraron’ y que no hay otro remedio más que aceptarlo. El espiral depresivo también aparece con ‘Decks Dark’, el momento en que todo ser humano esta jugado sin lugar al que huir porque le llega la hora negra. Pero no todo es un pozo ciego: los ánimos luminosos se recomponen con el folk espiritual ‘Desert Island Disk’, empuñado en una acústica por un Yorke en plan crooner.

Radiohead tiene una base rítmica apoyada en tres guitarristas, un bajista y dos bateros en escena (incluyendo a Clive Deamer de Portishead) que le da musculatura a su música y se hace notable en: ‘Ful Stop’, ‘The Gloaming’, ‘Morning Mr. Magpie’ y ‘Bloom’, tracks que exigen una cadena de montaje en equipo. Los bajos resonantes y corpulentos de Colin Greenwood son intervenidos por programaciones glitch poli rítmicas que su hermano Johnny testea en su laboratorio y Ed O’Brien anexa arpegios eléctricos en crescendo a las baterías robóticas sincopadas de Phil Selway, que se camuflan entre máquinas de ritmo, todo mientras Thom se lleva las miradas bailando cual epiléptico convulsionando.

Habiendo tocado el lado A completo de su nueva obra (y en órden secuencial!), es tiempo de abrir el arcón de los recuerdos  y es ahí cuando la nostalgia por los añorados  90’s aflora entre el público con el reconocible punteo de ‘My Iron Lung’ y sus raptos ciclotímicos o ‘Climbing UpThe Walls’, esa especie de lullaby cautivante rumbo a la psicosis salida de OK Computer.

No hay dudas que el quinteto (por momentos electrónico, calculado y frío y por otros con tracción a sangre y pulso rockero) brilla en conjunción, pero también alcanza un pico elevado  cuando la formación se reduce  al binomio  Yorke – Greenwood, que hasta la mitad de ‘Pyramid Song’ logra una conexión fuerte (uno  en el piano y el otro rasgueando el diapasón de la guitarra con un arco de violín) antes que el resto de la formación complemente la armonía.

‘Identikit’ muestra a la banda en desnudez, con  una línea de bajo estructural sobre la que Yorke serpentea su diminuto cuerpo y se desplaza de un lado a otro.  Siguiente parada de la nueva cosecha: ‘The Numbers’, otro hueco por el que se vislumbra algo de fe si la humanidad no se resigna: ‘Somos de la tierra, a ella regresamos. El futuro está en nosotros, no en algún otro lugar. La gente tiene este poder, los números no deciden. Tu sistema es una mentira. Volvamos a traer lo que es nuestro un día a la vez’ canta el frontman,  mientras su voz se va expandiendo envuelta en una cadencia infinita de acordes.

Everything  In Its Right Place’ y la pieza IDMIdioteque’ hacen escala en Kid A y representan el momento más ferviente  de la noche, con un juego de luces estroboscópicas que vibran a la par de un público desquiciado. Pero, antes  del primer set de bises, el cierre llega con una sobresaliente versión percusiva de ‘There There’ del ninguneado Hail To The Thief, el portal al bosque oscuro en el que acechan los peores peligros.

Después de los aplausos, Thom vuelve a salir al escenario solo con su acústica para hacer repaso de ‘Give Up The Ghost’ y una belleza simple pero profunda llena el ambiente de magia a partir de ecos loopeados. Otras dos sorpresas modelo’97 se pegan a eso: ‘Let Down’, la terapia de alzar vuelo cada vez que la sociedad pisa a la gente como insectos en su carrera productiva y materialista hacia la ambición, y un himno que todavía tiene el poder de erizar la piel, ‘Karma Police’, que por un minuto logró que la gente se perdiera en su cosmos.

Como cierre final y segundo bis suena ‘Reckoner’ y el hit de Pablo Honey que arranca suspiros, gritos y lágrimas del que tanto renegaron,  aquel que les abrió las puertas donde hoy están tocando: ‘Creep’. Se puede asegurar que cada weirdo que alguna vez  fue marginado, en ese momento siente una caricia al alma, la sensación de no estar del todo solo en el mundo.

Radiohead es una banda que fue construyendo su propia historia, las canciones son fragmentos de un mismo discurso narrativo y sociopolítico que encastran perfecto sin importar el tiempo en el que hayan sido compuestas: producen sinergia. La libertad con que se manejaron  todos estos años haciendo discos laberínticos y arriesgados, la ingeniosa forma de difusión de los mismos y su desprecio poético hacia las corporaciones estando inmersos en la industria pero jugando con sus propias reglas habla de una diferenciación y pérdida total de miedo, tal como anunciaba a Simone.  

La ice-age a la que se refieren en ‘Idioteque’ la estamos transitando y, para no hundirse en el congelamiento de la acción/reacción/emoción, hay que permanecer en actividad. En ese sentido su legado musical de todos estos años funciona  muy bien como bálsamo. ‘Este baile es un arma de defensa propia contra la tensión del presente. Mantenlo iluminado y en movimiento’ declaran en ‘Present Tense’, una canción actual tan tirante y con necesidad de urgencia como los tiempos que corren.

Txt: María Gudón
Ph: Tomás Gudón





















SETLIST: Radiohead en MSG (27/7/2016)

1. Burn The Witch
2. Daydreaming
3. Decks Dark
4. Desert Island Disk
5. Ful Stop
6. My Iron Lung
7. Climbing Up The Walls
8. Morning Mr.Magpie
9. Pyramid Song
10. Bloom
11. Identikit
12. The Numbers
13. The Gloaming
14. Weird Fishes / Arpeggi
15. Everything In Its Right Place
16. Idioteque
17. There There

ENCORE

18. Give Up The Ghost
19. Let Down
20. Present Tense
21. Planet Telex
22. Karma Police

ENCORE 2

23. Reckoner
24. Creep  

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Radiohead: Fear and loathing in Madison Square Garden

The audience arrived just in time and began to sit while the sequential patterns of Dawn Of Midi (the opening act for the two-night sold-out slot) were being played to welcome everyone at Madison Square Garden’s stage. It was the first Radiohead show in USA soil in four years.
  
All of a sudden, there was a shutdown and everything became dark.  A quote taken from a Nina Simone’s documentary declared: ‘I’ll tell you what freedom is to me: no fear. Really, no fear’ and sticked to that, the Oxford band opened the gig with ‘Burn The Witch’, the complex track that marked the announcement of their ninth record this year.

The atmosphere felt like a living hell bathed in bloody red lights and the orchestal section from the studio version turned into a furious rocker exorcism live. When Thom Yorke sang conspiratively  ‘Abandon all reason, avoid all contact, do not react and shoot the messengers’ cause ‘this is a low flying panic attack’ the message redefined and took a  whole different perspective.   

Something’s happening in the air: the scene reflects fear regarding the imminent North American presidential elections, a wild and frantic capitalism that razes against every attempt of subversion and recent events dealing with racial, religious and sexist issues that ended up in tragedies (the trigger-happy victims Philando Castile and Arlton Sterling killed by the police, the Florida shooting at an homosexual nightclub or the terrorist attacks in Nice, Belgium and Paris, just to name a few). The crowd was aware that those metaphorical words could be translated into daily life, that’s why they joined in complicity, singing knowingly.

After that geyser, though pessimism lingered on, the water remained calm with ‘Daydreaming’, the second cut from A Moon Shaped Pool. Johnny Greenwood replaced the guitar with the piano accompanying Yorke’s gray melancholy: ‘Dreamers they never learn beyond the point of no return. And it’s too late, the damage is done’. The singer’s worries, beyond the lyrics ambiguity or the sound they carry, are still the same that have been affecting him for more than 20 years.

Every day you open the newspaper or open your phone and some crazy fucking shit is going on. We really, really need to wake up’ alerted. The Bend’s ‘Planet Telex’ would sound later and, even so, the alternative and vibrant guitars would not take the sour flavor that ‘everything is broken’ and there’s no remedy rather than face up to accept and live with it. The downward spiral also appeared in ‘Decks Dark’, the point where every human being has no distance left to run 'cause the darkest hour arrived to his life. But not everything’s a cesspool, the luminous mood came with the spiritual folk ‘Desert Island Disk’, an acoustic rendition by a crooning Yorke.

Radiohead has a rhythmic base that lays on three guitar players, one bassist and two drummers (including Clive Deamer from Portishead) that gives a muscularity to their music, and can remarkably be seen in ‘Ful Stop’, ‘The Gloaming’, ‘Morning Mr. Magpie’ and ‘Bloom’, themes that work in assembly line. The noisy and corpulent bass lines from Colin Greenwood are interceded by glitch- polyrhythmic programming that his brother Johnny tests in his experimental lab and Ed O’Brien sums electric arpeggios in crescendo to the mechanical and syncopated drums of Phil Selway. And all of this happens while Thom draws attention dancing as if he had an epyleptic disorder.

Once they played the whole A side of their new record (respecting the track's order!), it was time to open the old trunk memories and the nostalgic feeling for the belolved  90's era emerged with the recognizable pluck and cyclothimia of 'My Iron Lung'  or 'Climbing Up The Walls', that  haunting and psychotic lullaby taken out from OK Computer.

There's no doubt the quintet (sometimes electronic, measured and cold and other times with blood rocking pressure) shines overall, but also reaches a high peak when the formation is halved to the coupling Yorke-Greenwood, that created a strong connection until half of 'Pyramid Song', before the other members joined them to end the harmony.

'Identikit' showed the band almost nude with a simple structured bassline in which Yorke twisted his tiny body from one side to the other of the stage. Next stop of their new harvest was 'The Numbers', another gap in which faith could be seen if humanity didn't give up: 'We are of the Earth, to her we do return. The future is inside us is not somewhere else. The numbers don't decide. Your system is a lie. We'll take back what is ours one day at a time' sang the frontman with an expanding voice wrapped in an infinite chord cadence.

'Everything In Its Right Place' and the IDM song 'Idioteque' stopped over Kid A and were the most zealous moments of the night with a set of stroboscopic lights that throbbed hand in hand with a deranged crowd.

Before the first encore, the end came with an outstanding percusive version of 'There There' from the underestimated Hail To The Thief, an entrance to a dark wooden nightmarish forest full of danger and threats . After the applause, Thom returned to the stage all alone with his acoustic guitar to revisit 'Give Up The Ghost', filling the room with magic and a simply but deep beauty given by looped echoes.

Two other surprises from 1997 were dusted off: 'Let Down', a therapy to fly away everytime society crashes people as insects on its productive and materialistic search towards ambition, and an anthem that has still the power to give goosebumps: 'Karma Police'. For a minute there,  people got lost in its cosmos.

The definitive end and second encore came with 'Reckoner' and a self-repudiated hit that brought about sighs, screams and tears during all their career, the key that opened the door where they're playing: 'Creep'. You can make sure that every single weirdo that has once been marginated felt thet gesture like a caress to their soul, the feeling of not being so lonely in the world.

Radiohead is a band that has been building its own history, every song acts like a fragment of a same narrative and socio-politic discourse and fits with each other perfectly, no matter when they were composed: they produce a synergy. During all these years they've moved with so much freedom, taking risks with labyrinthine records that spreaded with witty strategies, critizing corporations while being in the industry playing with their own rules.  That speaks for a total lack of fear, just as Simone' saying.

The ice-age the refer to in 'Idioteque' has landed. Just to avoid falling in its freezing power of actions / reactions / emotions we should remain active. In that sense their musical legacy works out fine as a balm. 'This dance is like a weapon of self defense against the present tense. Keep it light and keep it moving', they state in 'Present Tense', a song so tight like these times we're living in.